Vivimos en la era de la hipérbole comunicacional. Nunca tuvimos tanta data y tan poco sentido. El debate público digital es hoy una maquinaria de ruido diseñada para impedir el silencio reflexivo.
En el centro de esta maquinaria opera un agente arquetípico clave sobre el que vamos a reflexionar: el Analfabeto Locuaz.
En la era de las Redes Globales y Plataformas Digitales, cobra nueva vida el término acuñado por Alberto Buela: el Analfabeto Locuaz. A simple vista parece un oxímoron: ¿cómo puede alguien ser iletrado y elocuente a la vez? La respuesta yace en su capacidad de dominio acabado sobre la técnica pese al vacío de contenido o carencia de sustancia que nos ofrece.
Este arquetipo no es un ignorante marginal, muy por el contrario suele ser un individuo hiper-escolarizado, moldeado por una cultura donde la acción depende del uso efectivo de la palabra y la interacción. Su locuacidad es innegable y funcional al algoritmo. Maneja con fluidez la jerga técnica de la economía y la tecnología. Las utiliza como reglas mnemotécnicas vacías de contenido pero rítmicamente eficaces. Habla rápido, con la seguridad escénica de quien sabe que el sonido es perecedero, lanzando una catarata de datos descontextualizados diseñados para el impacto inmediato y no para la reflexión.
Sin embargo, bajo esa pirotecnia verbal, se deja ver un analfabetismo sustancial. Carece de profundidad en la lectura de la realidad. Está desconectado de su tradición histórica, parece no haber un genius loci desde el cual habla. El sistema de medios imprime consignas del día en su mente para que él pueda repetirlas con su característica locuacidad. No piensa; procesa y repite. Es un técnico de la palabra pero un indigente del sentido.
Su función en la arquitectura del poder moderno es crucial. El analfabeto locuaz es la encarnación del poder discursivo. Es la voz como una forma de acción y dominio sobre la realidad. Satura el espacio público con ruido para evitar el silencio necesario que requiere el pensamiento crítico.
Este arquetipo despliega su poder discursivo con al menos dos objetivos. Primero, opera como gestor del miedo: utiliza la inmediatez del suceso para imponer un estado de alerta permanente a sus seguidores, transformando problemas complejos en crisis existenciales inminentes (climáticas, sanitarias, bélicas, migratorias, económicas...). Esto anula la libertad reflexiva en favor de la seguridad instintiva. Segundo, es un fundamentalista del consenso y la tolerancia. Y como dice Don Alberto, "hace como si respetara al otro cuando en realidad está disimulando su negación".
En última instancia, si hablamos en clave del mito de Prometeo, con el que nos permitimos abrir la puerta a nuestros próximos escritos, el analfabeto locuaz es un Hermes, que a cambio de aplausos y algoritmos, se ha sometido a la ley de Kratos: 'Nadie, salvo Zeus (el consenso establecido), es libre'. A diferencia de Prometeo, él vive en la comodidad de la esclavitud espiritual, sirviendo como el guardián bien pago del consenso.
Amberes, Diciembre 2025.
Escrito por Matías Banchero.