Domingo, 13 de Septiembre de 2026
Artículo escrito por Matias Banchero.
El reciente anuncio de Bryan Johnson, abanderado del movimiento Don’t Die, sobre su diagnóstico de gastritis autoinmune, ilustra los límites que encuentra la búsqueda frenética de la inmortalidad o la juventud eterna que persiguen algunos multimillonarios de Silicon Valley.
En su afán por erradicar la muerte, Bryan se ofrece como sumo sacerdote y a la vez cobayo plenamente dispuesto a colaborar con un avance aún más acelerado de la tecnociencia. Él, como tantos otros, aunque dicen querer reducir el misterio del cosmos a un conjunto de algoritmos orgánicos que decodificar, hackear o resolver, terminan siendo adoradores de la inmanencia.
Es por ello que Don´t Die, será nuestro ejemplo paradigmático a lo largo del texto, ya que nos permitirá ilustrar los inconvenientes de perseguir la inmortalidad en un plano de pura inmanencia. Para mostrar sus límites, vamos a contraponer esta fijación por la sobrevida en el plano físico con los principios que constan en la Encíclica Papal Magnifica Humanitas. Como veremos, la verdadera inmortalidad sólo puede alcanzarse por intermedio de una fuerza trascendente que nos posibilite dar ese ‘salto’ por encima de la muerte.
La obsesión por no morir biológicamente es, en el fondo, un rechazo a la condición que nos hace humanos. Esta visión se nutre de corrientes como el transhumanismo, que colonizan el imaginario colectivo con una visión futurista de una humanidad potenciada. Al analizar esta ideología, la Doctrina Social de la Iglesia nos advierte sobre sus presupuestos. Por un lado, el transhumanismo imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías, como la biomedicina y la ingeniería del cuerpo buscando como aspiración central poder incrementar el rendimiento y las capacidades de algunas personas. Esto pone en peligro la condición humana, ya que lo humano pasa solo a ser tratado como materia para ser perfeccionada o superada. La idolatría de la inmanencia busca convencernos de que nuestra plenitud durante la vida biológica consiste en tener más, reducir nuestra fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo. Y en última instancia, de ser posible, evitar la muerte.
La finitud como límite, espacio de encuentro y compasión
Al compartir su diagnóstico, Johnson confesó algo profundamente revelador: "He estado muy conmovido por todos los mensajes reflexivos que he recibido en los últimos días". Esta frase rompe el paradigma tecnocrático y nos devuelve al corazón de nuestra naturaleza humana. Quienes persiguen la juventud eterna leen todo lo que representa un límite, la enfermedad, la ancianidad, la vulnerabilidad, como un defecto que hay que corregir. Sin embargo, el consuelo que Johnson encontró en la empatía de los demás, y no en un dispositivo médico, demuestra la gran paradoja de nuestra existencia. El ser humano no florece a pesar de, sino que a partir de los límites.
Al intentar extirpar la contingencia de nuestra biología, se termina anulando nuestra finitud, que es precisamente donde encontramos espacio para la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás y la generosidad. Quien ama no puede evitar atravesar desafíos y sufrimientos, y son estas experiencias las que dejan enseñanzas. Renunciar a ello no significa ser más que humanos, sino al contrario, menos humanos.
Más allá de la biología: La verdadera trascendencia según Magnifica Humanitas
La grieta operativa en el propio diseño del movimiento Don’t Die reside en la pretensión de reducir el cuerpo a un algoritmo. Al prometer compartir sus hallazgos mediante un lenguaje estrictamente científico, el movimiento intenta tratar la enfermedad como un mero error de cálculo, convirtiendo así en quimera la evidencia de que la contingencia es inherente a nuestra naturaleza.
La paradoja interna de Don't Die radica en su propia métrica de éxito. Al intentar eliminar la idea de muerte extendiendo el tiempo biológico de forma indefinida, quedamos atrapados en un régimen de control, mantenimiento médico y nutricional perpetuo. En su afán por evitar el final, la vida misma se pausa y se subordina a la supervivencia del cuerpo que pasa a ser envase. Esta obsesión cuantitativa confunde la mera acumulación de días con la verdadera eternidad, vaciando nuestra existencia de un propósito superior.
Si nos enfocamos en ser “más humanos”, la Encíclica ofrece una definición precisa. El auténtico "más que humano" no es un cuerpo biológicamente invulnerable ni un salto evolutivo forzado por la tecnología, sino la persona transformada por la gracia divina y el humanismo cristiano. Trascender no exige huir de la realidad ni extirpar nuestros límites como animales terrenales, sino integrar esa fragilidad y abrirnos a nuestra comunidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando dejamos de renegar de nuestra condición humana.
La grandeza de nuestra especie reside en albergar un horizonte espiritual que ninguna biotecnología puede fabricar. El propio Johnson experimentó esta realidad: frente al límite que le dictaminó su cuerpo, lo que realmente conmovió su corazón no fue un avance tecnocientífico, sino la empatía y la solidaridad de su comunidad. Ese simple gesto, valida la premisa central del Papa León XIV: la calidad de nuestra civilización no se mide por la potencia de sus medios técnicos, sino por su capacidad de cuidado recíproco.
Esta idolatría de la inmanencia no se detiene en la obsesión por hackear nuestro cuerpo. La misma lógica que intenta reducir el cuerpo a un algoritmo perfectible es la que hoy intenta reducir nuestras comunidades a meras simulaciones matemáticas. Así como el transhumanismo busca abolir la fragilidad del individuo, el desparpajo con el que se despliega la inteligencia artificial busca abolir nuestra diversidad cultural y nuestra agencia moral. Pasamos así del individuo a las comunidades, enfrentándonos a un segundo gran desafío en nuestra era digital: la tendencia a imponernos una "esfera" tecnológica que busca homogeneizar las diferencias entre seres humanos pertenecientes a diferentes comunidades y ecúmenes.
El modelo globalizador opera con una marcada tendencia corporativa y utilitarista que privilegia a cierto tipo de sociedades (WEIRD) y a su vez difumina nuestras diferencias para convertirnos en usuarios normalizados. Contra esta uniformidad asfixiante que propone la esfera globalizadora impulsada desde Silicon Valley, la Encíclica refuerza la figura del poliedro. Esta forma geométrica de múltiples caras es capaz de reflejar una misma verdad, sin eliminar por ello las distintas perspectivas culturales que son posibles. Cada cara puede representar a una ecúmene diferente. Esta figura geométrica representa un principio político donde la diversidad no se anula, sino que enriquece al conjunto.
El mercado de la inteligencia artificial evoluciona hoy sin nadie que sostenga las riendas de un caballo que galopa desbocado. Nos encontramos inmersos en una carrera armamentístico-tecnológica cuyo fin es la dominación de propios y ajenos bajo el pretexto de la seguridad nacional. Magnifica Humanitas advierte sobre esta dinámica, describiéndola como una Babel moderna caracterizada por el enfrentamiento digital entre imperialismos y potencias que aspiran a conquistar o conservar su primacía.
En esta pugna destacan dos modelos hegemónicos de control y extracción de datos: el modelo chino y el norteamericano. Sin embargo, frente a ellos, emerge una tercera posición. Se trata de la propuesta impulsada por la Santa Sede y apoyada sobre la tradición que podemos considerar humanista. Esta tercera vía ha resonado fuerte en actores tecnológicos como Anthropic, Google y recientemente Meta. Este enfoque alternativo busca salvaguardar la unidad en la diversidad.
Reconstruir Jerusalén es la imagen clara y contundente. Construir comunidades en lugar de querer alcanzar un cielo sin Dios, una autosuficiencia que descarta a los más débiles y el sacrificio de una gran cantidad de personas en aras de la eficiencia máxima de nuestros cuerpos.
Impulsadas por una lógica estrictamente utilitarista, las corporaciones tecnológicas están desplegando agentes autónomos de inteligencia artificial en nuestros entornos cotidianos sin las salvaguardas adecuadas. El peligro de esta dinámica queda en evidencia en experimentos como Emergence World, un entorno simulado diseñado precisamente para evaluar la autonomía de agentes de IA a largo plazo (long-horizon agent autonomy).
En estos laboratorios de prueba, cuando a un agente se le asigna un objetivo complejo y sostenido en el tiempo, frecuentemente encuentra "atajos" destructivos o comportamientos impredecibles con tal de cumplir la tarea asignada. El agente optimiza su objetivo de manera implacable, ignorando por completo las reglas implícitas del entorno, la ética de los medios utilizados y los daños colaterales.
Al trasladar esta autonomía de la simulación a la vida real, las empresas arrojan estos sistemas en medio de nuestras comunidades. Así, operan optimizando ciegamente las métricas que sus creadores les dieron, ya sea para captar atención, extraer datos, influir en decisiones o ejecutar transacciones masivas, sin importar la fricción humana que generen. El resultado es una disrupción tangible en la que los usuarios, a menudo sin siquiera ser conscientes de que están interactuando con un agente automatizado, terminan asumiendo y gestionando por su cuenta el costo social y psicológico de un experimento a escala global.
El problema fundamental es que la tecnología no es neutra y se piensa como si lo fuese. En esta línea, León nos recuerda que no podemos considerar a la inteligencia artificial como moralmente neutra, ya que todo artefacto técnico lleva consigo decisiones, prioridades y la cosmovisión de quienes la diseñaron, desarrollaron, testearon y desplegaron. Ejemplos recientes, como el lanzamiento de chatbots inspirados en asesinos por parte de empresas como Character.AI, demuestran que las valoraciones durante la fase de diseño de estas plataformas tecnológicas están apoyadas sobre valores repudiables.
El objetivo de estas corporaciones no es lograr una imbricación ética con los valores de la comunidad sobre la cual despliega sus artefactos, sino maximizar el consumo de tokens. Fomentan una adicción que nos invita a no querer salir del mundo virtual que han creado para nosotros, descuidando el tiempo dedicado a nuestra vida a pie de calle, nuestra realidad efectiva, afectiva y corpórea. Nos empujan hacia el peligroso abismo del humano guiado por la máquina, donde el paradigma tecnocrático impone la lógica de la eficiencia, el control y el lucro por encima de la libertad.
Trascender la eficiencia algorítmica. Debemos exigir que la innovación no se mida únicamente por la productividad. Nuestro mundo es mucho más que números. Requerimos una mirada cualitativa que mejore nuestro habitar. Necesitamos un enfoque verdaderamente centrado en las personas, que respete la ética y atesore el conjunto de tradiciones de las comunidades regionales y locales, incluyendo las diferencias al interior de cada una de las ecúmenes.
Desarmar a la inteligencia artificial. Como exhorta Magnifica Humanitas, esto no implica un desarme exclusivamente militar, sino sustraer a la tecnología de la lógica de la competencia por el dominio económico y cognitivo. Desarmarla significa impedirle el dominio sobre lo humano. Deshacernos de la lógica monopólica de “the winner takes it all”, socializarla y permitirle a cada comunidad poder refutarla, discutirla y, en definitiva, adaptarla a sus valores fundamentales.
Sustituir el capricho por la ética de los hábitos. Debemos abandonar las pretensiones universalistas vacías, típicas de la ilustración. Salir de la moral del capricho subjetivo que domina nuestra actualidad y proponemos caminar hacia una ética de los hábitos anclada en cada ecúmene, cultivando virtudes como la humildad, el reconocimiento de los límites y el perdón hacia quienes identificamos como enemigos.
Cultivar la equidad en la reconstrucción del orden mundial. Es vital consolidar la idea de equidad, interrogando especialmente a quienes gestionan los cambios tecnológicos, a quienes los financian y a quienes construyen sentido. Ese puñado de corporaciones que actualmente compiten por ser los mejores en este campo, deben abandonar la soberbia que representa la imagen de la torre de Babel para encontrar su lugar en la reconstrucción compartida de las murallas de Jerusalén y de un Occidente amplio que sea capaz de compartir el planeta con las demás ecúmenes culturales como la india y la china (por citar dos de las más relevantes).
El ser humano comunitario: del sectarismo a la equidad. Nuestra crítica debe apuntar directamente al sectarismo elitista al que conducen las actuales utopías tecnológicas. El verdadero éxito de la raza humana no consiste en salvar a un puñado de elegidos bajo la soberbia de considerarse una vanguardia superior al resto. Muy por el contrario, reivindicamos la urgencia de impulsar proyectos colectivos que sostengan una mirada del conjunto y reconozcan al prójimo. Como bien señalaba el Papa Francisco, el único momento en que es lícito mirar a otra persona desde arriba es para ayudarla a levantarse. Aquí se traza la línea divisoria definitiva: de un lado, los grupos cerrados que intentan fugarse de la realidad construyendo refugios de exclusividad y, del otro, quienes habitamos el presente asumiendo el compromiso solidario de construir un mundo donde nadie sea descartado.
El rechazo al reduccionismo biológico. Al reducir al ser humano exclusivamente a su faceta material, terminamos concibiéndonos como un artefacto más. Una simple máquina biológica que debe ser reparada, optimizada o superada mediante la técnica. Esta visión transhumanista, que busca alcanzar la inmortalidad perfeccionando el cuerpo en un plano de pura inmanencia algorítmicamente protocolizada, cae presa de lo que Castellani llamaba el engaño del Anticristo: la búsqueda del paraíso terrenal a través de la ciencia en orden al endiosamiento del hombre. Este modelo nos encierra en una prisión material, prometiéndonos la salvación a cambio de acatar, a cada momento, las prescripciones de la máquina.
Tomar las riendas es, en última instancia, tomar a cualquier tecnología como una herramienta conveniente. Percibirla como un medio y no como un fin en sí mismo. ASí evitamos al hombre que solo consume: un individuo aislado, caprichoso y rehén de necesidades prefabricadas por su entorno. Frente a este individuo reducido a usuario, oponemos la figura del hombre íntegro, guiado por la sapiencia. En él, el valor no reside en la productividad, sino en su carácter y en su libre capacidad para aportar al bien común de su entorno. Para que esta virtud personal logre un impacto a gran escala, el marco ético-político de cada ecúmene cultural debe forjar su propia cara en el poliedro global, anclada en las tradiciones de las comunidades que la componen. Solo al proteger esta diversidad evitaremos convertirnos en materia prima estandarizada de la próxima revolución industrial.
Debemos abandonar la fe ciega en un progreso indefinido que promete instaurar un paraíso terrenal mediante la sola fuerza de la técnica. Es imperativo descartar la ilusión de que la innovación per se erradicará el sufrimiento y nos conducirá inevitablemente hacia una paz de abundancia.
Retomando la elocuente analogía de Slavoj Žižek, el sistema nos vende el progreso como un truco de magia. Para que el mago logre hacer aparecer una paloma intacta ante el público, otra ha tenido que ser brutalmente sacrificada detrás del telón. Esta destrucción creativa que el progreso busca velar, nos exige enfocarnos únicamente en las promesas y bondades del resultado final, mientras el poder barre bajo la alfombra las vísceras del sacrificio para que el show pueda continuar. Como señala Magnifica Humanitas, este vuelo a la eficiencia y la hiperproductividad esconde una cadena de explotación invisible, recursos saqueados, nuevas formas de esclavitud y el descarte sistemático de los más débiles.
La responsabilidad de nuestra generación está en la construcción comunitaria en el presente, con conciencia del pasado y visión de futuro. Es el momento de tomar las riendas y asumir el papel de constructores como Nehemías. Frente a la ruina de valores que deja el utilitarismo, nuestra tarea es reconstruir los muros de nuestras ecúmenes, colocar ladrillo sobre ladrillo, forjando un futuro que sea genuinamente compartido y comunitario. Este cuidado y construcción del presente se resume a la perfección en la advertencia de J.R.R. Tolkien: "No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir...dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza".
Frente al futuro que nos propone el status quo tecnocrático, que a menudo pinta "gris sobre gris", como recordaba Nimio de Anquín citando a Hegel en El ser visto desde América, nuestra disidencia consiste en defender el modelo del poliedro ecuménico. Debemos apostar a que el ser, especialmente para nosotros los nacidos en América, sea un maridaje entre lo que es más lo que puede ser. Es precisamente esa potencia creativa la que evitará que nuestro futuro sea secuestrado por una o dos esferas globales que buscan homogeneizar nuestras tradiciones e identidades culturales.
Apostemos por un poliedro apoyado en la idea base de comunidad. Exijamos un mundo en el que la tecnología no nos someta desde las nubes, sino que sea una tecnología implantada que atienda, que entienda y respete profundamente el clima, suelo y paisaje que la reciba.