Domingo, 30 de Agosto de 2026
Artículo escrito por Santiago Franco.
Las paradojas de no morir
“Mis detractores tienen la ironía de su lado”, afirma el fundador y líder del movimiento Don´t die, después de haber sido diagnosticado con una enfermedad incurable. Más allá de cualquier ironía del destino, lo que sucede hoy con Bryan Johnson era de esperarse. Y es que desde el momento en que le declaras la guerra a la muerte, y comienzas a medir cada variable de tu cuerpo y a probar cada terapia en busca de revertir todo indicio de envejecimiento, sólo será cuestión de tiempo para que esa ironía haga sonar sus trompetas.
El mismo Johnson describe con optimismo la situación, resaltando que nunca en su vida ha estado más preparado para enfrentar una eventualidad como esta. Y es que, de sobrevivir al diagnóstico de su gastritis autoinmune, él se encontraría en el terreno del milagro. Pero, con la particularidad de que si en esta oportunidad aconteciera lo extraordinario, lo haría en el cuerpo más minuciosamente examinado en la historia de la humanidad.
Si Dios es el mago que obra milagros, entonces Johnson se yergue presto a enseñarnos cómo se ha ejecutado el truco. Poner un ojo allí donde Dios obra lo médicamente imposible resulta prodigioso y nos enfrentaría a un curioso oxímoron: un milagro explicado. Y si el milagro tuviera lugar, ¿se lo atribuimos al equipo médico de Johnson o a Dios? Todo este show se vería opacado si, y tocamos madera, un final anticlimático como un accidente doméstico o de tráfico encontrara a Johnson y terminase abruptamente con su cruzada.
Johnson decidió invertir su fortuna y tiempo de vida restante para desafiar al más grande límite de la humanidad: la muerte. Citas como el poema de Gilgamesh o el énfasis puesto en la necesidad de nuevos arquetipos para una nueva humanidad, dan cuenta de lo consciente que Johnson es sobre el lugar narrativo que su epopeya personal ocupa (o aspira a ocupar). El signo bajo el que finalmente se escriba la historia Johnson está por verse, y él mismo lo plantea en estos términos:
“En unos cientos de años, [nuestros descendientes] comprimirán nuestro siglo en dos o tres o cuatro frases. (...) Una es cuando el Homo Sapiens dió a luz a la superinteligencia, y el otro es cuando se dan cuenta de que ya no iban a morir. Ese es el momento en que todo cambia, cuando los humanos van de la inevitabilidad de la muerte a Don´t die. Y ese será el propósito de mi existencia.”
Finalmente, si la vida humana se extiende radicalmente, quizás uno de nuestros contemporáneos pueda gozar de los beneficios y darle la razón a Johnson en 150 años. De no ser así, le tocará a nuestros descendientes escribir qué fue finalmente de la vida de Bryan. Pero más allá de lo que digan los libros de historia sobre su cruzada, la verdadera naturaleza del movimiento Don't die revela una paradoja fascinante: para conquistar la muerte, la promesa tecnológica no busca empoderar al individuo, sino exigirle una abdicación total. El hipercontrol de hoy es solo el peaje para entregar el mando mañana. Es precisamente esta dinámica la que ahora nos empuja a mirar hacia el terreno de la fe.
Salud autónoma o Gracia divina: ¿en qué creer?
En la fe cristiana, aceptar ser siervo del señor es admitir el poder de su gracia. A la vez, esta aceptación, nos relaja ya que abandonamos toda voluntad de control. La figura contraria, es decir, la humanidad que se concibe a sí misma como autosuficiente y que intenta alcanzar la propia salvación a través del control total de la naturaleza padece lo que en la encíclica Magnífica Humanitas se llama el síndrome de Babel. Así como en la historia bíblica los hombres querían alcanzar el cielo construyendo ellos mismos una torre, de modo análogo, Don´t Die se propone acercarse tanto como se pueda a la inmortalidad. Esta voluntad de control que guía el Don´t Die blueprint será eventualmente delegada a la Super Inteligencia Artificial (SIA), cuando ésta pueda proveernos una salud autónoma. Esta última consistiría en un régimen biomédico tal que nos permita hacer siempre aquello que extienda nuestra vida tanto como sea posible. Según Johnson, llegará un punto en que la SIA sabrá mejor que nosotros mismos lo que debemos hacer, por eso no necesitaremos ya supervisarla, sino que lo más razonable será simplemente obedecerla.
Pero, ¿no es este un caso más de lo que Shyam Sankar, CTO de Palantir expone como una tendencia secularista en Silicon Valley que intenta llenar el hueco con forma de Dios en el corazón de su empresariado? Es en este punto donde el Don´t die blueprint puede ser caracterizado como otra idolatría de la inmanencia. Al rechazar todo elemento trascendente en favor de aquello medible, manipulable, en definitiva, controlable, este protocolo le encomienda a la SIA decodificar la inmortalidad para la biología humana. Así como quienes construían la torre de Babel olvidaban que para alcanzar la salvación celestial hace falta la gracia divina, de modo análogo Johnson parece olvidar que la verdadera inmortalidad se alcanza solo por intermediación de un elemento que se encuentra en un más allá trascendente, sin importar qué tanto escrutemos la materia que nos compone en la inmanencia de nuestro más acá.
¿Quiénes se benefician con el Don´t die blueprint?
Otra pregunta que a menudo surge con respecto al Don´t die blueprint es si pueden beneficiarse de él las personas que no tienen a disposición los recursos de un multimillonario, es decir, ¿en qué medida este proyecto tiene sus miras puestas en el bien común?Cuando en la entrevista del NYT le hacen a Johnson esta pregunta, su respuesta apela a dos temas: la calidad del sueño y el uso regular del sauna seco.
Con respecto a la primera, Johnson sostiene que tiene un régimen muy estricto, y que todos los días se acuesta a las ocho de la noche sin falta. Para controlar las variables a las que se expone su cuerpo durante el sueño, utiliza sofisticados equipos que rápidamente confiesa no están al alcance de cualquiera, y por ello descarta la posibilidad de dar consejos al gran público en esta línea. Pero surge también una cuestión que vale la pena analizar aquí. Se puede ironizar sobre la inflexibilidad del régimen al que Johnson se somete a sí mismo y que se evidencia, por ejemplo, en su horario para ir a la cama. Sin embargo, lejos de ver esto como una imposición o un sacrificio, aquí lo vemos como un lujo que no pocas personas podrían darse debido a un sinnúmero de razones. Por ejemplo, una persona con un trabajo con régimen de horarios rotativos ya no tendría este privilegio. Pero no solo eso, sino que momentos orgánicos de la vida humana como por ejemplo la paternidad y maternidad quedan también excluidos por obvias razones para aquellos que las han atravesado. Esto nos lleva a pensar que la calidad de vida que nos propone el protocolo Don´t die no solo depende de los medios materiales de los que disponemos, sino también de los roles sociales que desempeñamos. Por tanto, la efectiva escalabilidad de un protocolo como Don´t die, la posibilidad de entregar la propia vida a los designios de una SIA con la capacidad de dictar los consejos apropiados para alcanzar la salud autónoma, viene no solo dada por la disponibilidad y acceso a los medios materiales para alcanzarlo, sino que también supone un rediseño integral de la sociedad tal y como la conocemos.
Entonces, la escalabilidad del Don´t Die Blueprint no depende sólamente de la ingeniería a nivel biológico, sino también de la ingeniería social. Pero, ¿es posible rescatar algo de nuestras sociedades actuales, o es que a nuestros modos de vida les urge un imperioso e ineludible barajar y dar de nuevo para poder ser mejores?
Es aquí donde resulta útil el segundo consejo de Johnson, ese que sí se atreve a ofrecer al público general: el uso regular del sauna. Pensemos entonces, qué posibilidad de escalabilidad existe en este caso. Tomando solo 20 minutos, y debiendo realizarse con una frecuencia 4 o 5 veces por semana para alcanzar el máximo resultado, supone una práctica socialmente asequible y escalable. Siendo además una práctica que puede realizarse en grupo, sería entonces más fácil extender los medios materiales necesarios para su correcta práctica en aquellas latitudes donde no se ha impuesto aún una cultura del sauna. Podemos entonces detenernos un momento para pensar ¿cuál es el “correcto” uso del sauna para Johnson? Él separa el sauna seco del sauna de vapor, y recomienda el primero. ¿Por qué valora mejor all primero? Johnson no lo dice explícitamente, pero es fácil inferirlo. La evidencia científica disponible es abrumadoramente superior en el caso del sauna seco. ¿Y a qué se debe este fenómeno? Para decirlo rápidamente: al genius loci finlandés. Sauna es la palabra finesa más famosa del mundo, y no por nada. Los finlandeses han representado un caso de estudio acerca de los beneficios del sauna para la salud, gracias a lo arraigada que esta práctica se encuentra en la cultura de su población. Entonces, el único consejo para la salud más o menos útil en el sentido de practicable y escalable en pos del bien común que puede darnos Johnson, ¿se debe a la IA? Enfáticamente, no. Dicho conocimiento es gracias al genius loci finlandés y a la ciencia pre IA. Por ahora, la sociedad en su conjunto queda a la espera de frutos buenos para la salud que puedan brindar experiencias como la de Don´t die.
Un consejo final de nuestra parte para este tipo de iniciativas de Silicon Valley: lean con atención la primera parte de la encíclica Magnífica Humanitas para comprender qué es tener una doctrina coherente y sostenida para la sociedad. La famosa doctrina social de la iglesia que comenzó con León XIII, y que el actual papa trae hasta la actualidad de nuestros días.